10 de septiembre de 2010    
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  EL DÍA de ayer Por Domingo J. Jorge
TENERIFE DE AYER. A vista de mujer XXXVIII. Lucrecia Rodríguez y sus recuerdos desde Icod el Alto en Los Realejos
24-11-2009

Cumpliendo con la cita programada el pasado lunes, “A vista de mujer” se desplaza hacia el barrio realejero de Icod el Alto. En las cumbres del norte tinerfeño, nos recibe Lucrecia Rodríguez, quien guarda en su memoria más de 30 años de experiencias y faenas en los montes del “Tenerife de ayer”.

Lucrecia Rodríguez Quintero nace en agosto de 1932 en el municipio de Los Realejos. En Icod el Alto ve su primera luz y allí ha pasado toda su vida: “Trabajé la dura infancia que me tocó vivir, crié a mis hijos y hoy disfruto haciendo todo aquello que de pequeña no pude hacer”.

Risco Blanco

No duda un ápice Lucrecia al afirmarnos que “antes había hambre y miseria, pero se vivía con mucho más cariño y amor que hoy”. Con estas palabras se refiere esta realejera al crecimiento que ha vivido el pueblo que la ha acompañado en su vivir. “El pueblo ha crecido mucho y cada vez hay más gente, pero es cierto que se conocen menos entre sí”, apunta Lucrecia. “Ha cambiado todo, hasta las personas”.

Y con el rescate de sus recuerdos, nos pasea nuestra protagonista por los caminos que unían Icod el Alto con el centro del municipio realejero. Aunque asegura que “bajábamos al médico y poco más”, Lucrecia comenta que “no existía la carretera actual, teníamos que bajar caminando por Risco Blanco y con el niño en los brazos”. Así nos recuerda nuestra fuente oral las visitas a don Joaquín el médico y al practicante don Ramón. “Cuando alguien se ponía muy grave, ellos venían hasta el pueblo en su caballo o yegua”, añade.

Así, Lucrecia continúa en su ejercicio de rememorar el ayer de Icod el Alto y se acuerda de las muchas mujeres que se reunían en los barrancos de Castro y Madre del Agua para lavar la ropa. “Muchas veces se montaban trifulcas porque unas llegaban con la ropa sucia y la tiraban encima de la ropa limpia de las otras”, nos señala. “Pero había tres tanquillas, la última era para torcer la ropa ya lavada, y llegaban otras con los trapos sucios y los tiraban encima”.

“Descalza, con frío y hambre”

Retrocede nuestra fuente oral en su memoria para recodar la dura infancia que le tocó vivir a su generación. Desde muy pequeña tuvo que emplearse Lucrecia en las tareas de casa, “ayudando en lo que me pedían”. Nos explica esta realejera que no pudo acudir a la escuela, pues con apenas doce años centró su vida en el oficio del monte.

“Descalza, con frío, viento, escarcha, agua, hambre…”, describe así, Lucrecia, la sacrificada labor vivida en las cumbres del norte tinerfeño. “Pasábamos de todo en esos montes y, muchas veces, íbamos descalzas”. Recuerda nuestra protagonista que se pasaban el día trabajando en el monte, iniciando la ruta de ida en plena madrugada. “Nos levantábamos a las cinco de la mañana y hasta las seis o siete de la tarde no volvíamos a casa”, aclara Lucrecia, quien explica qué hacían con la leña y pinocha recolectada diariamente: “Lo que se recogía era para casa, también para venderlo por cuatro perras, no daban mucho, pero con eso había que tirar”.

Más de treinta años empleada en los montes tinerfeños ha transcurrido Lucrecia, quien no abandonó las faenas ni “cuando estaba embarazada, con la barriga y todo subía y bajaba”. Se casa a sus 22 años y formó una familia con cinco hijos, teniendo que doblar sus esfuerzos para poder atender la casa y el trabajo diario en las cumbres. “No eran tiempos fáciles, se pasaba los días con hambre, penas y mucho trabajo. Gracias a Dios logramos que los niños salieran adelante”.

Precisamente, junto a sus cinco hijos pasa hoy sus días Lucrecia, quien aclara que todos han hecho su vida en el Icod el Alto, ese pueblo realejero donde ella también ha desarrollado su vida. “Hoy estoy viviendo la juventud que nunca tuve, disfrutando de las actividades de la asociación, cantando, pintando… y viviendo”, con estas palabras se despide Lucrecia. Nosotros volveremos el próximo lunes al ayer de Los Realejos. DOCUMENTACIÓN: ITAMAR BARRETO. FUENTE: ANSINA. domingo.jorge@canaryinfoweb.com

“Nos despertaban los gallos”

Lucrecia Rodríguez ha dedicado casi media vida al duro trabajo en los montes de nuestra isla. Un oficio que requiere despertarse muy temprano para evitar que les anochezca en las cumbres. No obstante, en aquel entonces hablar de despertador era algo muy próximo a la utopía. “No había reloj, ni televisión, ni radio que nos avisara de la hora. Nos guiábamos por las estrellas, el sol, la luna o los gallos. Ésos eran nuestros despertadores para ir al monte”.

Lucrecia Rodríguez (1932) pasó más de 30 años trabajando en los montes de Icod el Alto. FOTO: ÓSKAR GONZÁLEZ/CANARYINFOWEB


 
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